Ni de izquierdas ni de derechas: hace falta gente que reme en la misma dirección

La política no tiene un problema de ideas, tiene un problema de bandos: cada uno defiende lo suyo, aunque eso perjudique a todos

Género: Artículo de opinión — Onda EusCádiz Prensa

Llevamos años viendo lo mismo: cada bando político defiende lo suyo a toda costa, aunque eso signifique bloquear algo que sería bueno para todos. El problema no es pensar en izquierdas o en derechas. El problema es poner al bando por delante de las personas.

Lo hemos visto muchas veces: una propuesta buena se rechaza, no porque sea mala, sino porque la ha dicho «el otro». Un acuerdo que ayudaría a la gente se cae porque ninguno quiere que el otro se lleve el mérito. Mientras tanto, los problemas de verdad —la vivienda, la sanidad, la educación, el trabajo— siguen ahí, esperando a que alguien los ponga por delante del titular del día.

Esto no es cosa de un solo partido. Es una forma de entender la política como una guerra que hay que ganar, en vez de como un servicio a la gente. Y cuando algo se vive como una guerra, lo primero que se pierde es la capacidad de reconocer que el otro también puede tener razón.

Porque, siendo honestos, los dos lados tienen cosas buenas. De la izquierda, la preocupación por la igualdad, por cuidar a quien lo tiene más difícil, por no dejar a nadie atrás. De la derecha, la defensa del esfuerzo personal, de la responsabilidad, de que trabajar y arriesgarse tenga premio. Ninguna de estas dos ideas es enemiga de la otra. El problema empieza cuando cada bando cree que solo su parte es la verdad, y convierte la parte del otro en un peligro.

Y así como hay cosas buenas en los dos lados, también hay cosas que sobran en los dos. Sobra juzgar una idea no por si es buena, sino por quién la dice. Sobra convertir al rival en un monstruo para no tener que explicar por qué no estás de acuerdo con él. Sobra usar la crispación para ganar votos, aunque eso rompa la confianza de la gente en la política, poco a poco.

Alguien podría pensar que esto es ingenuo, que la política siempre ha sido así, un choque de intereses donde no cabe tanto buen rollo. Puede que tenga parte de razón: que existan ideas distintas y que se debatan es sano, es necesario. El problema no es que haya diferencias. El problema es que las hayamos convertido en un muro, en vez de en un punto de partida para hablar y llegar a algo. Discutir está bien. Bloquearlo todo sin escuchar al otro, no.

Otros dirán que pedir «lo mejor de cada lado» suena bonito, pero es poco concreto. Y tienen razón, hay que aterrizarlo. Y lo concreto empieza por algo sencillo: exigir a quien nos representa que defienda sus ideas porque son buenas, no solo porque las dice «el nuestro». Empieza por dejar de aplaudir sin pensar a quien opina como nosotros, y dejar de descalificar sin escuchar a quien opina distinto.

Al final, la política debería ser eso: una forma de cuidarnos entre todos, no una forma de ganarle al vecino. No se trata de borrar las diferencias ni de fingir que da igual quién gobierne. Se trata de que, dentro de esas diferencias, busquemos primero lo que nos une antes que lo que nos separa. Un país no avanza cuando un bando le impone su verdad al otro. Avanza cuando los dos aceptan que ninguno tiene toda la razón, y que el objetivo de verdad es el bienestar de la gente, no la victoria de un color político sobre otro.

Mientras sigamos premiando a quien más grita y dejando de lado a quien intenta acercar posturas, seguiremos remando cada uno para un lado distinto. Y el barco —que somos todos, sin excepción— seguirá sin moverse del sitio.

Jose Carpio Moreno

13 de septiembre de 2026